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domingo, 17 de abril de 2011

BALANCE DEL SEMINARIO IBEROAMERICANO DE PERIODISMO Y PATRIMONIO CULTURAL


CULTURA › BALANCE DEL SEMINARIO IBEROAMERICANO DE PERIODISMO Y PATRIMONIO CULTURAL


En el medio de la selva, las ideas se largaron a rodar


El cierre de una semana intensa de debates, conferencias, mesas de trabajo y talleres dejó varias conclusiones, pero también varios caminos abiertos. La próxima estación será el 4º Congreso Iberoamericano, en septiembre, en Mar del Plata.




Por Eduardo Fabregat


Desde Chiapas



La majestuosidad del Palacio de los Mayas en el sitio arqueológico de Palenque, visto desde el Templo de las Inscripciones.

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La mañana palencana es una buena síntesis de lo que vendrá: no son las 9 de la mañana y el calor ya aprieta con ganas, y aun debajo del altísimo techo cónico del lobby del hotel Villa Mercedes el aire empieza a cobrar una densidad exigente. Allí están, entre valijas y abrazos de despedida, los últimos en partir de la sede del Primer Seminario Iberoamericano de Periodismo y Patrimonio Cultural. Hay algo de resaca, pero moderada: la noche anterior fue la cena de despedida en el restaurante de Don Mucho en El Panchán, clavado en el medio de la jungla, con el tequilazo casi obligatorio, un grupo de percusionistas y malabaristas con fuego para dar un toque épico al cierre de actividades. La cosa no pasó a mayores, pero fue un adecuado final ígneo para una semana de calores en el clima y en el debate.

Antes de la cena y antes de estas despedidas, el Salón Bellavista fue escenario de las conclusiones del encuentro organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Compleja tarea la que debieron afrontar Clara Ballesteros (de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), David Roselló (director y gestor de Nexe Cultural de Cataluña) y Francisco de Anda, subdirector de Información y Prensa del INAH y en buena parte responsable del aceitado funcionamiento del seminario. Campeaba la satisfacción por lo hecho, pero también la energizante sensación de mucho camino por recorrer, de que el debate entre 120 periodistas, editores de secciones culturales, académicos, expertos en patrimonio, funcionarios, dejó infinidad de caminos abiertos. A través de siete conferencias magistrales, siete paneles de debate, cuatro mesas de trabajo, una muestra de documentales y dos talleres, los representantes de una decena de países analizaron cuestiones de conservación del patrimonio cultural, pero también realizaron una radiografía del estado de las cosas en el periodismo cultural, amenazado en demasiados lugares por una frivolización creciente, la falta de espacios, cierta denigración del lenguaje y cierta consagración a la tecnología por la tecnología en sí, en desmedro de los contenidos.

El seminario fue, además, un espacio de análisis que excedió a los salones donde se desarrollaron las actividades. En la convivencia obligada en la selva de Palenque, el grupo que tomó el lugar extendió el debate a la mesa del de- sayuno y la comida, a los espacios comunes y hasta a la cantina del Panchán donde, el martes por la noche, el intercambio cultural tomó forma de festín mexicano. Dentro y fuera de la actividad formal, quedó claro que las obvias diferencias entre países, contextos y realidades no obstaron para dibujar una problemática común sobre la cultura. En ese sentido, y aunque suene a autobombo, habrá que decir que los colegas iberoamericanos destacaron, en las mesas en las que participó este cronista (“Periodismo cultural e Internet” y “Cultura y Espectáculos, la delgada línea que une o separa las secciones en los medios”), la rareza que significa el generoso espacio que este diario consagra a temas culturales, tanto en esta sección como en Radar.

Con un balance positivo en cuanto a la amplitud y calidad de los temas, con una red abierta a continuar la discusión y la promesa del Segundo Seminario en 2013, quedan aún imágenes potentes por recorrer, postales y momentos simbólicos de la semana chiapaneca.

¿Sitio arqueológico?
Las actividades incluyeron, obviamente, una visita al sitio arqueológico de Palenque: tras la sustanciosa charla sobre patrimonio arqueológico de Nelly Robles, presidenta del Consejo de Arqueología del INAH, y María Angeles Querol (profesora de la Universidad Complutense de Madrid), la visita a Palenque dejó impresiones duraderas. Aun para quienes no dejan lugar al brote místico, el lugar transmite una energía particular. La ciudad de los nobles mayas, habitada entre los años 100 a.C. y 900 d.C., es mucho más que “unas ruinas” o un excelente filón turístico. Lo es, claro, pero subirse al tope del Templo de las Inscripciones (allí donde hay que tener cuidado con un halcón que sentó sus reales y no mira con buenos ojos al turistaje) y echar un vistazo al espectáculo circundante, a la grandeza del Palacio de los Mayas, deja sin aliento. Y no es el efecto de tanta escalada.

En las entrañas de la gigantesca pirámide está el descubrimiento del arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier, el sarcófago del rey K’inich Janaab’ Pakal, uno de los dignatarios más importantes de los mayas. El lugar está cerrado al público desde hace doce años, pero el INAH lo abre para la delegación periodística: entrar al monumento de piedra, tocar la piedra triangular que cerraba la cámara, atisbar el sarcófago de seis toneladas, produce el milagro de que los periodistas se callen un rato.

“Ven aquí, escucha, que me gustaría decirte algo sobre este lugar”, le dice Amado Villafaña a uno de los camarógrafos que cubren el evento para Notimex. “Este lugar fue muy importante para nosotros, y lo sigue siendo”, dice. “Es un gran centro espiritual, un lugar sagrado para los mayas, un lugar de pensamiento y de celebración de nuestros dioses. Y nosotros somos los herederos naturales de este lugar, nos pertenece. Esto no son ruinas. Esto no es un sitio arqueológico. El hermano menor debería tomar en cuenta que para nosotros esto es presente.” Bajo su gorro blanco, el rostro de Villafaña se enciende en una sonrisa franca, luminosa. Amado es arhuaco, de una de las tribus que allá en la Sierra Nevada de la Santa Marta colombiana se dio el lujo de decirles a los curas capuchinos que ya estaba bien de atropellos y sojuzgamiento en nombre de su dios blanco, y les indicó el camino de salida. Amado Villafaña, y su documental Nabusímake: Memorias de una independencia, fue otro de los puntos altos del seminario.

Otra forma de mirar
Nabusímake fue uno de los tres documentales que se presentaron en Palenque, seguramente el más llamativo: por una vez, la tribu indígena dejó de ser objeto de documental para convertirse en productora de contenidos, de su relato, de su manera de ver el mundo. En 2002, Steve Ferry, corresponsal de National Geographic, enseñó a arhuacos, wiwas y koguis a usar las cámaras; en 2010, la Fundación Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez y otras instituciones europeas y americanas les entregaron equipamiento para contar su propia realidad. Tras consultar con sus mayores –los mamos– y bautizar los equipos para que dejaran de ser algo ajeno y pudieran considerarlos propios, los indígenas comisionaron a Villafaña para que su ojo representara al de sus comunidades tras las cámaras.

El resultado de la experiencia fue una serie de cortometrajes de 7 minutos que dan cuenta de la vida en las comunidades pero también del modo en que el hombre blanco –el “hermanito menor”– asume una y otra vez el rol de depredador de lugares y costumbres. Todo ello se concentra en Nabusímake (“Donde nació el sol”), el documental que asombró en Chiapas con su potencia para contar una historia que involucra a los indígenas y a la Iglesia Católica pero que, por una vez, tiene un final diferente: en 1982, tras tolerar 66 años de ese maltrato que las misiones católicas supieron prodigar a los pueblos originarios, de negación de su cultura, castigos físicos y ridiculización de sus creencias, el asesinato de dos miembros de la comunidad a manos de los evangelizadores provocó una reacción de no va más. Sin violencia pero con decisión, las tribus ocuparon el monasterio y provocaron así la partida de los capuchinos: el peso simbólico del hecho, la simpleza con la que Villafaña cerró su alocución en la presentación (“El hermanito menor no nos conoce bien, pero quizá sea que nosotros hemos hablado poco”) justificaron el cerrado, cálido aplauso.

Si de calidez se trata, el documental Las dos orillas: Osuna-Mompox tiene mucho de eso. En 54 minutos deliciosos, el español Emilio González dibujó las semejanzas y sutiles diferencias del festejo de Semana Santa en dos ciudad separadas por un océano, pero que parecen hermanas: apelando a algunos testimonios verbales pero a muchas referencias visuales que resultan aún más ricas, obligado por las circunstancias a filmar sin iluminación pero haciendo de eso un recurso que le da especial textura a la obra, el sevillano entregó otro de los momentos de magia en la noche mexicana.

Tráfico de palabras
En la última jornada, cuando el ruido cerebral que produce tanta charla y tanto análisis empezaba a hacer mella en los participantes, una última mesa atrajo la atención y proporcionó un último, caluroso intercambio. “El tráfico ilícito de bienes culturales en México y Estados Unidos” presentó a Todd Swain, agente especial del National Park Service de Estados Unidos, que pintó un panorama ciertamente sombrío con respecto a la posibilidad de vigilar y evitar el saqueo arqueológico en lugares como Joshua Tree, o al arresto de los responsables de robos en países de Centroamérica y la repatriación de los objetos. María Villarreal, coordinadora de Asuntos Jurídicos del INAH, supo celebrar varias leyes del Estado mexicano al respecto, pero también lamentó los vericuetos que permiten que sigan realizándose excavaciones clandestinas. Y el periodista Julio Aguilar, editor de Cultura de El Universal, que investiga esos temas a fondo, no pudo evitar tirar el bombazo al señalar casos específicos de corrupción “o al menos situaciones que se prestan al malentendido” en esferas oficiales. Al menos, el debate se produjo con la nota festiva de que al mismo tiempo, en Hessen, el gobierno alemán entregaba a las autoridades mexicanas 49 piezas recuperadas de la “colección” del traficante de arte Leonardo Patterson.

Ya no había tiempo para más, ni demasiada energía para seguir: sólo las palmadas de celebración y los abrazos con la selva como escenografía. Palenque vivió su semana de debate apasionado. El calor va a durar un buen tiempo.



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sábado, 19 de junio de 2010

Los mercaderes y el templo


Domingo, 13 de junio de 2010


Los mercaderes y el templo

Algunos lo critican por sensacionalista, otros por manipulador, otros por simplista, pero lo cierto es que Michael Moore parece haberse convertido en el radiólogo más humano de su país: la violencia en Bowling for Columbine, la mentira política en Fahrenheit 9/11, el desamparo estatal en Sicko. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria y el crac del sistema financiero, estrena Capitalismo: una historia de amor, un documental que retoma lo mejor de su obra y vuelve al escenario de su primer documental.




Por Hugo Salas

Desde el estreno de su primera película, Roger & Me, en 1989, Michael Moore se convirtió en un referente indudable dentro del universo cinematográfico, lo que incluso llevó a que se intentara sumarlo a la industria del entretenimiento con la serie televisiva The Awful Truth, 24 desiguales episodios emitidos entre 1999 y 2000. El éxito comercial de Bowling for Columbine (2002), totalmente desusado para los parámetros de un cine que podríamos llamar “documental”, no tardó en granjearle tanto entusiastas como detractores. Mientras que algunos lo consideran un activista decidido, valiente e incluso uno de los pocos representantes del periodismo independiente dentro de los Estados Unidos, capaz de llegar a grandes segmentos de la población, muchos críticos y colegas lo tildan –palabras más, palabras menos– de payaso egocéntrico capaz de distorsionar la verdad sólo para ajustarse a su discurso activista, al tiempo que otro grupo, más sofisticado, lo acusa de ingenuidad ideológica y voluntarismo político.

La incomodidad que supo generar en el público estadounidense con Fahrenheit 9/11 (2004), sobre las consecuencias e implicancias políticas de la célebre serie de atentados, en un momento en que ese público –en su gran mayoría– no estaba muy dispuesto a discutir tales temas, no se vio para nada aliviada por el tratamiento ciertamente hiperbólico y en ocasiones falaz que dio en Sicko (2007) a la problemática del sistema de salud y su relación con las industrias farmacológicas y de seguros. Tal vez esto explique por qué su película siguiente, Captain Mike across America (2007), sobre la creciente conciencia política entre los jóvenes universitarios, no tuvo siquiera estreno comercial en nuestro país.

En efecto, hizo falta la gran crisis del sistema financiero y el negociado de las hipotecas para que Moore volviera a lo mejor de Roger & Me, dejando de lado la preocupación por el impacto que sesgara su producción desde Bowling for Columbine. Sin renunciar al sentido del humor paródico y la protesta del solitario hombrecito enojado que han constituido desde siempre su sello distintivo, Capitalismo: una historia de amor (2009) lo muestra en su mejor faceta, una que obliga a analizar nuevamente el sentido de su cine en la industria contemporánea.

Desde sus primeras imágenes, la película parte de una idea que probablemente irrite a los pensamientos más sutiles: el paralelismo entre el Imperio Romano y la actualidad política de Estados Unidos. Se trata, sin duda, de una visión peregrina que hace flaca justicia a la historia, pero a decir verdad tampoco se la toma demasiado en serio, como lo prueba el empleo del absurdo en el montaje paralelo que propone entre la película pedagógica sobre historia antigua y las imágenes periodísticas de hoy. El sentido de la secuencia, en realidad, no parece ser el de ilustrar una idea (como sí se hará con otras más adelante) sino meramente hacer reír, permitirse un chiste, establecer un lazo de comunicación y complicidad con el espectador.

Este, como tantos otros procedimientos, forma parte del repertorio que le ha valido al director el mote de “manipulador” entre los partidarios de un purismo documentalista según el cual estas imágenes deben dejar ver al espectador “por su propia cuenta” algo que se materializaría ante su mirada en la transparencia misma de la realidad capturada por la cámara (idea que comparten con cierto realismo ampliamente extendido en el ámbito cinematográfico). Créase o no, entre quienes esto sostienen se cuentan también quienes lo acusan de “ingenuo” en su pensamiento político, por pretender (como lo ha hecho siempre) deslindar la democracia, en tanto sistema político, del capitalismo; de allí, dicen, el sesgo individualista y liberal de su cine. Una y otra imputación, sin embargo, parten de un error fundamental: suponer que Moore hace cine documental, un cine que sólo pretenda acercar al espectador una visión analítica y como mucho bienintencionada del mundo.

A decir verdad, después de más de 20 años de carrera, el señor merece algo más que el beneficio de la duda. De hecho, su modelo no es siquiera fácilmente transferible a otras realidades, contextos ni propósitos que aquellos para los que fuera ideado. Ocurre que, antes que “documental”, entendiendo por ello una expresión que meramente registra y da cuenta, la producción de Moore se alinea directa y decididamente en el campo del cine político, y quizá sea uno de los pocos continuadores, en la actualidad, del cine de agitación y propaganda tan extendido durante fines de los años ’60 y la década de los ’70, de Francia (con los prestigiosos Cinétracts y el emblemático grupo Dziga Vertov de Godard-Gorin) a la Argentina (con La hora de los hornos, Los traidores y Operación Masacre).

Al igual que en sus célebres predecesores, Moore parte de análisis sesgados y voluntariamente parciales de la realidad para llegar a consignas que provoquen la reacción y la acción política directa del público. Esto resulta palmario en el final de Capitalismo..., donde luego de una de las clásicas intervenciones solitarias de Moore (que rodea algunas de las principales instituciones financieras de Wall Street con la conocida faja de escena del crimen y les grita por megáfono a sus directivos que se entreguen), su voz en off dice directamente a los espectadores, como grupo, que ya está cansado de hacer estas cosas solo y les pide que se le sumen, y que por favor lo hagan rápido. Desde ya, este llamamiento puede parecer tibio o pequeño al lado del fuego purificador de la revolución que se reclamaba en los ’70, pero cabe reconocer también que mientras aquel cine le hablaba a una sociedad donde la insurrección civil y la acción directa eran realidades vivas y palpables, hace ya dos décadas que Moore viene intentando hacer agitación y propaganda con el cine en el lugar menos pensado, en el marco de una sociedad donde la noción misma de desobediencia civil llegó a igualarse en la complicidad con el terrorismo.

Es cierto: su modelo de “cineasta solo contra el mundo” está imbuido de individualismo liberal de la cabeza a los pies, y sus análisis –a veces inmediatos y palpables– evitan las grandes complejidades macroestructurales de los problemas que plantea. Pero antes de tildarlo meramente de ingenuo conviene hacerse una pregunta: ¿era posible otro modelo de cine político en Estados Unidos? Si su intención no era, como suele ocurrir muchas veces, hablarles a los ya convencidos, ni ilustrar sobre las ventajas de otro modelo de vida a quienes tenían en su poder los muy escasos carnets del Partido Socialista estadounidense, sino antes bien sumar, convencer, persuadir a un público probablemente manipulado por otro discurso ideológico... ¿tan ingenuos resultan los procedimientos destinados a generar empatía, complicidad e identificación?

Por otra parte, queda analizar la base de su discurso actual. Durante sus dos horas de duración, Capitalismo... en efecto deslinda la noción de democracia del sistema capitalista, tal como es entendido en la actualidad (como capitalismo financiero); incluso llega a decir que el gran capital funciona como una mafia que ha suplantado al Estado, para ligar entonces la idea de una verdadera democracia a los propósitos del estado de bienestar, tal como fuera entendido y presentado en los discursos de Roosevelt (trabajo, salario digno, vivienda, salud, educación y jubilaciones), permitiéndose incluso señalar, a raíz de la candidatura de Obama y el miedo que los medios intentaron instalar, que los estadounidenses pobres –muchos más que los ricos– ya no parecen tenerle tanto miedo a la palabra “socialismo”, como así también el re-surgimiento del cooperativismo como modelo de producción. Es verdad, no llama a la revolución bolchevique, la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción, la reforma agraria, ni la constitución de los soviets; pero, a decir verdad, no hay muchas izquierdas, en ningún lugar del mundo, que alienten lejos de la retórica partidaria programas más extremos que éste, y mucho menos en Estados Unidos.

En el medio de este alegato, Moore no vacila en destruir la sólida ligadura entre el discurso cristiano y el capitalismo que se construyera durante la administración Bush, y para eso trae a su película al discurso religioso, con curas de cuerpo presente señalando que otra organización económica es posible y que el capitalismo es moral y cristianamente condenable. Es más: con un obispo dando la eucaristía a los trabajadores en una fábrica tomada. ¿Debemos inferir de ello que Moore es un gordo ingenuote estadounidense y además un chupacirios, traidor de la clase obrera que pretende sumergirla en el opio por antonomasia? ¿O que se trata de un activista que, reconociendo la influencia del discurso religioso sobre aquellas personas a las que trata de convencer, en vez de desestimarlo, recurre a él? Desde ya, su propuesta no queda exenta de los debates éticos que subyacen a la acción política, pero merece mayor análisis que la condescendencia desde el debate de café.



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miércoles, 13 de enero de 2010

Evo Morales y “Avatar”



En palabras de Evo Morales, Avatar es “una profunda muestra de la resistencia al capitalismo y la lucha por la defensa por la naturaleza”. El presidente boliviano dijo incluso haber encontrado un paralelismo entre la superproducción de James Cameron –que cuenta la historia del planeta Pandora, donde humanos, indígenas y avatares luchan por su supervivencia– y su propio accionar en relación con “la protección de la Madre Tierra”, más allá de “la alta dosis de fantasía”. Acompañado por su hija, el domingo fue la tercera vez que Morales asistió al cine y eligió esta historia en la que sobrevuelan dos formas de ver el desarrollo, la lucha política por un mineral y la convivencia con la naturaleza. Declarado el año pasado “Héroe Mundial de la Madre Tierra” por la ONU, el mandatario llevó su lucha por la defensa de los derechos de la naturaleza a varios foros internacionales. Ahora convocó a una conferencia en Bolivia en abril para debatir la creación de un “tribunal de justicia climática”.



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lunes, 10 de noviembre de 2008

FILM DOCUMENTAL: "LA DIGNIDAD DE LOS NADIES. HISTORIAS Y RELATOS DE ESPERANZA"

En el marco del Programa Pedagogía de la Memoria y Proyecto Histórico de DES - DGCyE, en el día de la fecha con cuarto año de la carrera de Historia del I.S.F.DyT. Nº 42 observamos el film documental de Pino Solanas para cerrar la cursada del EDI PROBLEMÁTICA ARGENTINA Y LATINOAMERICANA A PARTIR DE 1980.

De FILMS Y DOCUMENTALES

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domingo, 2 de noviembre de 2008

UN DOCUMENTAL SOBRE CHICHA DE MARIANI

Dolor y esperanza

Los realizadores Rosa Teichmann y Guillermo Kancepolsky presentan hoy en el Espacio Incaa Km 0-Gaumont un retrato con la historia de María Isabel de Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.
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miércoles, 14 de mayo de 2008

FILM DOCUMENTAL EN EL I.S.F.D Nº 34

PROPUESTA PEDAGÓGICA

TITULO: ABORDAJE GEO HISTÓRICO DE LA GUERRA DEL PARAGUAY / TRIPLE ALIANZA (1864 – 1870)


ACTIVIDAD: PRESENTACION DE FILM DOCUMENTAL “CANDIDO LÓPEZ: LOS CAMPOS DE BATALLA”; (Director: José Luís García; Año 2005)

“Hubo una vez en Sudamerica una guerra de la que nadie habla. Pero que un hombre pintó”
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